← Todos los escritos

Un mayordomo para todo

3 min de lectura

Así como a finales del año pasado reestructuré mi vida, ahora estoy reconstruyendo desde cero mi sistema de trabajo y organización. Al observar lo que estoy haciendo, me di cuenta de cuál es mi objetivo real: tener una sola interfaz mediante la cual pueda expresar mis deseos y leer los resultados.

Esa interfaz es un modelo de lenguaje que funciona como una especie de mayordomo.

La idea es profundamente seductora. En lugar de aprender dónde vive cada cosa, recordar el funcionamiento de muchas herramientas o navegar entre aplicaciones, puedo simplemente decir lo que quiero. El sistema se ocupa del resto.

Pero hay una paradoja: mientras más simple se vuelve la superficie, más compleja y opaca puede volverse la infraestructura que hay debajo. La complejidad no desaparece, solo deja de estar frente a nosotros.

Algo parecido ocurrió con el diseño digital. Las interfaces se volvieron más limpias, consistentes y fáciles de usar. Eso trajo beneficios reales, pero también cierta homogeneidad. Muchos espacios digitales comenzaron a parecer variaciones del mismo sitio, optimizados para los mismos dispositivos, métricas y comportamientos.

Quizá por eso extraño tanto el internet de los dos mil.

No porque haya sido un lugar completamente libre —también era torpe, inseguro, difícil de navegar y lleno de comunidades con sus propias arbitrariedades—, sino porque se sentía más heterogéneo. Los foros, blogs y páginas personales tenían identidades propias. Cada comunidad podía desarrollar sus códigos, estética y cultura. Había más fricción, pero también más sensación de estar visitando lugares, no simplemente desplazándose por distintas secciones de una misma plataforma.

La simplificación también llegó a nuestra relación con lo que consumimos. Cada vez más cosas que sentimos haber adquirido son, en realidad, accesos condicionados: una licencia, una suscripción o un artículo digital que puede desaparecer si cierra el servicio, perdemos la cuenta o la empresa retira el contenido.

Con la inteligencia artificial, esta tendencia parece extenderse a un territorio mucho más amplio. Ya no se trata solamente de dónde guardamos una película o qué interfaz utilizamos, sino de qué sistema media nuestra relación con el conocimiento, el trabajo y, posiblemente, nuestras propias decisiones.

Es fascinante e inquietante al mismo tiempo.

Como todo cambio disruptivo, la IA abre un enorme espacio para explorar, experimentar, equivocarnos y volver a intentarlo. Es una especie de arenero tecnológico, aunque no todos podemos jugar en él bajo las mismas condiciones. El acceso básico puede ser gratuito o relativamente barato, pero experimentar de forma sostenida con las herramientas más potentes exige dinero, infraestructura, tiempo y conocimiento.

Ese arenero tampoco es inmaterial. Detrás de la aparente magia hay centros de datos, electricidad, agua, minerales y cadenas completas de infraestructura. La nube sigue estando hecha de cosas.

A veces nos comportamos como levadura dentro de un frasco cerrado: consumimos todo lo disponible sin detenernos demasiado a pensar en los límites o en los residuos que dejamos. No tiene por qué ser nuestro destino, pero sí parece ser uno de nuestros impulsos más persistentes.

Y cuanto más concentremos nuestras actividades en una sola interfaz, mayor será el punto de fallo. Puede fallar el proveedor, la conexión, la cuenta o el modelo. Pero también puede fallar algo más difícil de detectar: nuestra capacidad de entender el sistema, cuestionarlo o funcionar sin él.

Aun así, me entusiasma.

El niño que leía Popular Mechanics y se maravillaba imaginando el futuro está viendo cómo muchas de aquellas fantasías se convierten en realidad. Solo que el futuro nunca llega limpio: viene acompañado de contradicciones, desigualdad, costos ocultos y consecuencias que apenas comenzamos a comprender.

Se vienen tiempos interesantes. Esta no será la primera crisis que atravesemos ni la última, sino otra transformación entre todas las que ya nos toca enfrentar. Quizá la incertidumbre sea simplemente el pan de cada día. Y aunque no puedo elegir todo lo que me sucede, sí puedo elegir quién quiero ser frente a ello. Al final, no me define lo que me pase, sino la manera en que decido responder.